
Claro pequeña, el ciclo se está cerrando, de qué te sorprendes. Este era el final, sabía que cuando diese este paso, todo terminaría. Por eso, tal vez, lo he prorrogado tanto. Pequeña, este juego se ha terminado, vamos a parar de envenenarnos. Vamos a paralizar nuestros corazones y nuestra memoria. Claro, ratita, ya no quedan escombros en los que hurgar, escombros sobre los que retozar. Ya no quedan lágrimas que recoger, ni pasado que reconstruir. Ya no existe la peca de tu labio que se estiraba cuando estabas contenta ni el rizo más rizado de tu pelo. Ahora somos nosotras los tirabuzones, podemos desplazarnos por primera vez en mucho tiempo pero en dirección contraria. Tu olor ácido ya es fantasía. Las marcas que me dejabas con tus mordiscos han desaparecido. El sonido de tu voz, el sonido de tu risa, el sonido de tu sonrisa se han ido. Las manchas de tus desprecios, el dolor que me producía cada uno de tus muros, la puta tristeza que empañaba mi cuerpo el saber que nunca serías lo que yo quería que fueses. No están. Se han ido. Se han ido cada una de las noches y cada una de las promesas. Y cada día de este año en el que no he dejado de recordarte. Se han ido, Lai, se han ido. He dado el paso y ahora que lo he dado podemos enterrarnos juntas, enterrar juntas lo que un día fuimos y no éramos. Lo que un día quisimos ser y nos quedó grande. No quiero más veneno en los recuerdos, más droga inútil en fotos, barquitos de papel y entradas de conciertos. No quiero más poesía, ni más rencor, ni más sexo oscuro en sueños. No quiero ser la eterna enamorada, la sombra de lo que fui, los residuos de un sueño de cinco meses. Quiero ser libre. Me he marchado mientras dormías.
Pues bien; Game Over.

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