domingo, 3 de enero de 2010

Blablabla, beber es malo.

Me saqué las horquillas rebuscando en mi pelo con ansiedad. “Clink, clink, clink” fueron cayendo sobre la mesa una por una. Cristina escuchaba ese sonido desde la cama, mi pelo llegaría de nuevo a la mitad de mi espalda, cubriéndola casi por entero. Había comentado durante la cena mi intención de cortármelo, era tremendamente incómodo tener que secárselo todos los días y conseguir domarlo. Después la ropa fue desapareciendo y me metí dentro del pijama. La noche anterior había sido toda una masacre estomacal a base de comida y alcohol. Incluso ahora, que ya amanecía, habíamos sucumbido a los restos de carne como desayuno alternativo para asentar la incipiente resaca. Yo seguía fuera de la cama haciendo sabe Dios qué y Cristina le daba vueltas a las pocas cosas que recordaba de aquel Fin de año particular. Por fortuna cuando por fin terminé por echarme sobre el colchón hinchable, ya se había dormido. No sería necesario enfrentarse a aquellos besos y caricias que nunca debimos darnos.

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